En esta nueva edición de Notiblog Retro, nos complace presentar en forma exclusiva la transcripción verbatim del diario personal de Adalberto Aschucarro, ex futbolista del club Blooming de Bolivia. Bajo el título Ni los Tanques de Onganía, el ex crack del fútbol colla afirma haber tenido un escandaloso amorío con la impactante Mónica Guido, una cotizada vedette que durante los años ochenta posó desnuda para estas fotos de la edición vernácula de la revista Playboy. Notiblog cumple en advertir a sus lectores que por tratarse de de sucesos que habrían tenido lugar hace más de dos décadas, no puede garantizar la veracidad de los hechos descriptos o la participación de las personas mencionadas en los libertinos años que siguieron al retorno a la democracia de la sociedad argentina.

Después de ese pequeño incidente con la esposa del jefe que marcó el principio del fin de mi carrera futbolística, Guillote me hizo una propuesta tentadora. El mismo sueldo que cobraba en el Blooming me lo pagaría para que fuera su guardaespaldas y confidente en las salidas nocturnas. Guille sabía perfectamente que debía tenerme de su lado por temor a que buchoneara la manera que el Diego se lo marleó, esa noche desenfrenada de sexo y drogas. Y también con eso liberaba su culpa por haberme entregado a la Yuyo sin una pizca de rubor para que le echara el segundo. Era un tiempo en que Guille no podía salir a la calle tranquilo por las reiteradas amenazas que un tal Poly le hacía de viejas deudas de juego y falopa. Fue una de esas noches cuando conocí a Mónica Guido en Mau Mau. Habíamos arreglado con Guille que en sociedad yo me presentaría como un importante banquero dueño de paraísos fiscales en las Bahamas donde se lavaba dinero sucio del fútbol internacional. “Peter, te presento a Mónica!”, diría Guillote, a lo que yo respondía “Mucho gusto señorita, soy Peter Ashes”. Me daba ridículos humos de sajón, que contradecían completamente mi cara de mataco cruza con indio tehuelche. Pero ahí estaba la perra parada frente a mí sintiendo el olor a guita como los tiburones sienten la sangre de la presa. Mónica lucía bella y despampanante, con un vestido de fiesta de finos breteles que daban libre albedrío a su impactante par de deliciosas tetas. La Guido era joven, esbelta y fibrosa como una pantera en celo y yo quería domarla a pijazos ahí mismo, en plena disco.

Vamos a bailar?” me primereó ella. “Si, como no!”, le dije apurando un sorbo del carísimo champagne Dom Perignon que Guillote garroneaba abusivamente a la boite. Mónica llevó sus brazos a mis hombros y me invitó a que abrazara su cintura. “Este es un tema movido, se supone que lo tenemos que bailar sueltos”, acoté revelando al tal Peter Ashes como un pajuerano total. “A si? Entonces imaginate cómo vamos a estar cuando vengan los lentos” retrucó muy zorra la Guido. Y empezamos a danzar como si bailáramos lambada, con las gambas encajadas el uno en las del otro. “¿Vamos a sentarnos un rato?” propuso ella, y enfilamos raudos a un mullido sillón convenientemente ubicado en las exclusivas penumbras del antro. En menos de cinco minutos ya estábamos besándonos obscena y descaradamente como dos pendejos, cuando Mónica manotea con su mano derecha para sentir el pingo que escapaba de mi bóxer. “Pepitito! Qué pasó?”, preguntó la Guido en una imitación perfecta de José Marrone que me provocó una carcajada. Antes que terminara de reír, ya se las había ingeniado para bajarme la bragueta y capturar mi dura verga con la sorprendente habilidad de las turras profesionales. “¡Pará loca que hay gente!” protesté yo, pero Mónica no dio cinco de bola y sin mediar palabras se la tragó completa y se la mamaba como un lechón recién nacido, haciéndome recular por el ardor que infringía a mi glande. Yo miraba de un lado a otro tratando de disimular el depravado espectáculo; cubriendo con mi saco su cabeza y haciéndome el boludo como perro que se lo están culeando.

Mónica la chupaba tan magistralmente que me hacía balancear la cabeza con los ojos cerrados como si fuera Stevie Wonder cantando Master Blaster en un video para la Motown. Estaba prácticamente acostada y la silueta de ese hermoso culo me invitaba a que lo adorase, así que metí la mano por el generoso escote de la espalda y me las rebusqué para meterle el dedo mayor derecho en la churrera. “¡Hasta ahí nomás que me dan ganas de cagar!”, se quejó sin mucha convicción la Guido, pero respeté su voluntad. Luego la puse del otro lado para poder acariciarle la nutria con mi mano izquierda, que se mantenía virgen de gérmenes anales. Mónica gozaba y se retorcía en el sillón como una víbora a la que le acaban de cortar la cabeza. Mientras nosotros hervíamos de calentura, el Guillote se paseaba con el gordo Lataliste y todo indicaba que estaban urdiendo algún plan maquiavélico para arruinar económicamente a alguien. Cada tanto veía como algunos matrimonios consolidados de la alta alcurnia de Baires miraban atónitos nuestro improvisado show pornográfico de entrada libre y gratuita. Uno podía detenerse en cualquier parte de la privilegiada figura de Mónica y encontraría sobrados argumentos para pajearse una semana entera, era un verdadero hembrón y tenía la mejor. Qué más se podía pedir de una mina? Mónica me tiraba una onda de yegua come-hombres similar a la de Edda Bustamante pero con mucho menos cara de puta, por supuesto. “Esta noche vas a dormir conmigo, no?” le pedí yo de una manera que parecía un ruego. Ella dejó de besarme y con un brillo enamorado en sus ojos me miró fijo. “Con tal de poder seguir disfrutando de esta pija a mí no me paran ni con los tanques de Onganía”, dijo Mónica eufórica y enfilamos para la salida de Mau Mau abrazados y cagándonos de risa, oliendo a champagne francés y borrachos de sexo. fuentehttp://www.notiblog.com/category/monica-guido/